El remezón que me devolvió la vida

Hubo un día en que todo se quebró. No fue una pelea, ni una pérdida puntual. Fue el momento en que me vi destruida por mis propias manos.
Entré a la droga creyendo que me estaba castigando…pero en realidad estaba arrasando con todo: conmigo, con mi dignidad, con mi calma, con el amor que me quedaba. En menos de dos años se derrumbó lo poco que había construido. Y alrededor mío apareció lo peor: gente que se alimentó de mi caída.
Conocí la maldad, la envidia, el maltrato, el robo, la deslealtad. Y lo más triste fue esto: dejé que me pisotearan,.. porque en el fondo yo ya sentía que no valía nada.
Mientras mi hermana —mi amor incondicional, mi ángel en la tierra— se enfermaba, yo me hundía. Y justo en ese momento, cuando más necesitaba apoyo, la persona que yo creía el amor de mi vida me soltó. Me culpó de todo lo malo de su vida, como si mis heridas fueran la causa de las suyas.
Él ya se drogaba desde niño, llevaba más de diez años en eso. Y yo apenas un año y ocho meses. Aun así, me dejó cuando mi mundo se estaba cayendo a pedazos.
Lo peor no fue que se fuera. Lo peor fue escucharlo hablar de mí, inventar, exponerme, mientras yo veía cómo mi hermana se apagaba lentamente. Ese fue mi remezón. No un despertar dulce. No una historia bonita. Sino un golpe seco de realidad.
Ese día entendí que si seguía por el mismo camino, no quedaría nada de mí. Y fue ahí —en la ruina total— donde decidí empezar de nuevo: a escribir, a mirarme sin filtros, a sentir sin destruirme. Porque este remezón no fue el final de mi historia. Fue el comienzo de la segunda parte de mi vida.
Un segundo capítulo escrito con las manos temblando…pero vivas.

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